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Hay algo que encanta al turista que recorre San Telmo. Se encuentra en una rara cornisa entre lo antiguo, sin por eso olvidarse de las comodidades de la modernidad. Entre viejas casas aparecen grandes edificios que dejan en claro, que a pesar de sus años, se encuentra en pleno Buenos Aires. Bohemio como el tango, participa sin comprometerse del todo, en la vorágine de la ciudad, manteniendo su encanto, su pasado firme y su semblante bien alto.
La Plaza Dorrego es el centro de lo que algunos llaman la “República de San Telmo”. Arrinconada por edificios, hoy transformados en su mayoría en bares y restaurantes, concentra la belleza expositiva de sus antigüedades. El domingo abre sus brazos para recibir al turista. Es su día, y entre ferias y artistas se escucha su sonido, su ritmo inconfundible en 2x4: el tango.
Como la zona más antigua de la ciudad no podía darle la espalda. Es parte de la idiosincrasia del porteño, melancólico pero muy varonil, amante de las mujeres y sobre todo de la noche, el tango representa todo. El “Bar Sur” o “El Viejo Almacén” son algunos de los típicos lugares donde las tradiciones se mantienen hasta en la música.
San Telmo se destaca por su historia, reflejada en sus calles y en sus museo; por sus noches, entre bares y boliches; y por su carisma: que reposa en cada esquina.
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